Pensamos que los demás tienen la vida resuelta, menos nosotros y eso mismo piensa todo el mundo. Cada uno enfrenta desafíos diferentes, lidia con distintos tipos de carencias y gestiona su vida de acuerdo a su historia y a sus herramientas. Tener dinero por ejemplo, no es sinónimo de tener la vida resuelta y no tenerlo, tampoco de llevar una mala vida. Las apariencias muchas veces nos llevan a catalogar a una persona como feliz o realizada, y a otra como triste o frustrada, y al final es simplemente una foto del momento. Muchas veces no pasa por lo económico o lo social, ni tampoco por lo emocional ni la búsqueda espiritual que cada uno lleve. Somos un todo, nos componen muchos aspectos. A veces unos aspectos están más fortalecidos y otros más débiles, y así nos la pasamos como malabaristas tratando de encontrar el equilibrio constante. Depende de nuestra visión de vida, de nuestra capacidad para hacer frente a las distintas situaciones que se nos van presentando y de nuestra resiliencia, el lograr salir adelante.
No caer en la trampa de la comparación. Comparar vidas, es como comparar peras con manzanas. Cada vida es completamente distinta a la otra: Historia de vida, sistema de creencias, educación, etc. Independientemente que estemos comparando por ejemplo, mujeres de la misma edad. Cada una ha tenido experiencias de vida diferentes, maneja un código de valores distinto, proviene de familias diferentes, etc. Que la comparación sea para inspirarnos y no para frustrarnos. La comparación nos resta energía y nos pone un peso innecesario encima. Nos perturba y nos saca de nuestro foco. Sepamos que nadie tiene la vida perfecta, que cada uno trabaja para crecer y mejorar todos los días. Las posibilidades de todos son distintas y cada uno puede conseguir lo que se proponga. Puede tardar más, puede tardar menos, porque el camino y el ritmo de cada uno es diferente y único.
Ser empáticos. Ponernos en el lugar del otro es un acto amoroso y compasivo. No le estamos solucionando la vida a nadie, pero al ser empáticos estamos quitando la indiferencia del medio. No nos mostramos débiles, sino por el contrario, mostramos grandeza al ponernos en el lugar el otro. Nadie sabe la sed con la que otro vive. Unos pueden mostrarse todo el tiempo fuertes y otros, quebrarse al sentir no poder más. Ambos son valientes. Son elecciones de cada uno. Uno de los tesoros más grandes que no podemos perder, es nuestra humanidad. Nuestra capacidad de conectar. Esa sensibilidad para percibir en la mirada triste de alguien que no está bien y preguntarle ¿cómo estás?, ¿en qué te puedo ayudar? No ser ajenos a nuestra naturaleza humana y a nuestro instinto de ayudar, de ser solidarios.
Todo es circunstancial y nada es para siempre. Todos tenemos problemas, desafíos. Como cada quien quiera llamarlo. Cada uno sabe los suyos, pero desconoce en la mayoría de los casos los del resto. Que una persona no se la pase lamentándose, no significa que no tenga problemas. A veces por más fortaleza que queremos tener y demostrar, hay momentos en los que nos quebramos. Y ahí es donde es muy importante entender que todo pasa, aunque a veces las situaciones parezcan eternas. Es continuar sacando fuerzas en ausencia de ganas de seguir luchando. Ahí es cuando la fé se convierte en un arma de batalla poderosísima: Nos levanta, reanima nuestras fuerzas y nos da esperanza, es la luz al final del túnel. Y así como nos pasa a nosotros, le pasa al resto, todos libramos batallas. Unas en silencio y otras que conocen los demás. Te deseo mucha luz y confianza: ¡Ánimo que todo pasará!
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