Vivir en el extranjero 🌎

Lilicitus
4 min readFeb 26, 2020

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Vivir en el extranjero es una de las experiencias más maravillosas, enriquecedoras e increíbles que podamos tener. A nivel personal implica dar un salto a lo desconocido, salir de la zona de confort, arriesgarse, desapegarse, reinventarse e iniciar todo un proceso de aprendizaje. Nos moviliza a despabilarnos y a luchar sin dar espera por lo queremos conseguir. Tiene por supuesto también una dosis de frustración, lágrimas y momentos en los que uno siente que no puede más y va a tirar la toalla. Vivir fuera del país natal, reaviva nuestras raíces, las resignifica y nos hace más sensibles al significado y valor de la familia, que se convierte en nuestra mayor motivación para salir adelante. Emigrar reafirma nuestros valores y nos confronta permanentemente con nuestra capacidad de adaptación y nuestra fortaleza para no desfallecer. Es una experiencia que nos ayuda a conocernos más, a valorar y a ser más agradecidos, y lo más importante a ver de qué estamos hechos. Dependemos en gran medida de nuestra capacidad de adaptación, de nuestra fortaleza emocional y de nuestra confianza en Dios, que a pesar de lo difícil que pueda resultar, nos ayuda a encontrar razón de ser y sentido en todo a través de la fé.

Al irse, el mayor anhelo de uno es volver a reunirse con los suyos, con la familia y los amigos. Al principio la novedad es que uno se fue y hay intercambio de mails larguísimos contando cómo nos va. A mí me tocó la época de la tarjeta con crédito para llamar por teléfono -que no duraba prácticamente nada-, y que era toda una alegría ir al “locutorio del chino” (dícese de las cabinas telefónicas del chino -de la China-) y comprar una para llamar a mi mamá. No existía Whatsapp, pero sí Skype. Para las videollamadas con mi mamá y mi hermano procuraba estar alegre, para transmitirles la tranquilidad de que todo estaba bien, aunque a veces no fuera así. Era inevitable tener momentos de nostalgia, pero hacen parte natural del proceso de estar lejos. Para la primer Navidad, Colleen una de mis compañeras de residencia, me invitó a pasar con ella y su familia. Su familia había viajado desde USA para pasar con ella las fiestas de fin de año en Argentina. Alquilaron una casa súper bonita, cocinaron delicioso y me recibieron como si fuera una hija más. Ví la caricia de Dios presente, con ese gesto que habían tenido para conmigo. Si bien compartí con ellos, pasé la medianoche con mi hermana y su novio, que me habían invitado a cenar. Prepararon una cena navideña exquisita y pasamos los 3 la Noche Buena.

Otro de los grandes retos para mí, fue mantenerme profesando mi fé activamente. Con carácter, sin vergüenza y sin acallar mi voz. Si bien en Argentina se cree en Dios, particularmente en mi contexto de trabajo no era muy común o usual, decir por ejemplo: “Nos vemos mañana, si Dios quiere”, o por cumpleaños de algún compañero, acercarme a desearle “¡Muchas bendiciones en este nuevo año de vida!”. Por mi forma de expresarme, me preguntaban con mucha frecuencia: “¿Eres cristiana?” Y la verdad que no me incomodaba, por el contrario me enorgullecía de expresar mi fé sin pena, de no dejarla de expresar para no incomodar o simplemente para ser igual a los demás y pasar desapercibida. Es justamente esa valentía para seguir siendo quien es uno, entendiendo que si bien uno es extranjero, no significa que deba mimetizarse en cuanto a creencias.

Recuerdo también que cuando iba al supermercado recién llegada a Buenos Aires, lo hacía un día de entre semana por la mañana (el día que había descuentos) y me encontraba con muchos abuelitos haciendo las compras. Los observaba solitos, a su ritmo y pensaba acerca del paso de la vida. Había además una música ambiental que era súper deprimente, un combo perfecto para salir “bajoneado” del supermercado. Usaba mi tarjeta de débito de Colombia para pagar, cuyos fondos eran parte de la liquidación que había recibido al renunciar a mi trabajo. Una vez sabía que me quedaba “el cunchito” de la tarjeta, y le calculé aproximadamente qué podía llevar y me arriesgué a incluir en la compra una docena de huevos. Mientras la cajera registraba la compra, yo rezaba para que alcanzara, porque solo tenía eso. Y gracias a Dios pasó toda la compra!! Mentalmente cantaba: “We are the champions”, jeje. Al consultar el saldo online de la tarjeta, quedaban exactamente 0$… fue sin lugar a dudas un milagro!

Me pasó después que logré venderle a un amigo los meses de gimnasio que me quedaban en Bogotá y que me consignó a la cuenta el dinero, que volví a tener fondos en la tarjeta! Fui a retirar de un cajero y no me tomó la clave, intenté 2 veces más y se me bloqueó. ¡No lo podía creer! Lo que había pasado era que justo ese día hubo paro de los camiones que transportaban valores y los cajeros no estaban funcionando y yo no sabía. Para desbloquearla tenía que enviar una carta al banco, con autenticación consular y enviarla por correspondencia certificada a Colombia, ósea lío y medio. Al final logré hacerlo, pero entre los costos consulares y el envío, no digo que salió más caro el lazo que el perro, pero casi. Al final, un aprendizaje más. En adelante procuré tener otras fuentes de ingreso durante mi estadía, además de mi trabajo: Vendí relojes y brillos que traía de Colombia, y también ofrecía el servicio de encomiendas Buenos Aires-Bogotá-Buenos Aires, cuando tenía la oportunidad de viajar.

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Bendiciones para ti!

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Written by Lilicitus

Me apasiona escribir sobre valores humanos y espiritualidad. A través de reflexiones y anécdotas, busco inspirar, aportar perspectivas y conectar con el corazón

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